
SEMBLANZA COSCOMATEPECANA
ASI ES MI TIERRA
Corriendo sobre la magnífica carretera que de El Fortín de las Flores conduce a Huatusco¹ y que ahora se prolonga hasta Jalapa, Ciudad de la cultura y por Puente Nacional a la Cuatro Veces Heroica Veracruz, corriendo hacia la sierra agreste entre platanales extensos, plantíos exuberantes de caña de azúcar, de café y de tabaco, entre naranjos y dilatadas cercas de chalahuite y floripondio, a escasos quince kilómetros de El Fortín traspongamos la barranca de Tliapa o Chocamán y de repente surge ante nosotros, en fantástica visión, el Poyautécatl (Señor de la hora del crepúsculo) o Citlaltépetl (Cerro de la estrella), ambos nombres relacionados con Venus, el lucero de la tarde; llamáronle a ese coloso nevado los primeros colonizadores hispanos, Pico de Aulicaba o de Orizaba; surge, decía, imponente, radiante, dominando el paisaje espléndido de esa porción abrupta de la Sierra Madre Oriental, y abajo, en su regazo amoroso, entre los contrafuertes del macizo montañoso que extiende sus ramificaciones hacia el oriente para constituir el amplio valle coscomatepecano con prolongaciones hacia Huatusco, Ixhuatlán del Café y la zona cordobesa que acabamos de abandonar, en el centro de éste y sobre una prominencia en declive de las estribaciones serranas, sobre el Cuezcómatépetl, “Cerro de las Trojes”, aparece Coscomatepec de Bravo, actualmente Cabecera del Municipio de Coscomatepec, el histórico lugar del solar veracruzano de bellezas incomparables, de tradición exquisita, tierra legendaria, de fisonomía y costumbres antañosas que por desgracia van desapareciendo al correr de los años; en tiempos pretéritos granero y fortaleza militar de los tenochca indómitos del gran tlatoani Ilhuicamina en el apacible señorío cuauhtochca, cabecera del flamante Corregimiento de Guatusco por varias décadas durante el virreinato y que diera entonces origen a la señorial Villa de Córdoba; atalaya de la insurgencia arrasada en varias ocasiones por la saña realista, que inmortalizara don Nicolás Bravo; refugio de próceres patriotas al declinar la lucha libertaria; nido de heroicas guerrillas en el 47 durante la invasión norteamericana y en la intervención francesa; baluarte en la Reforma; tierra noble que brindó su sangre generosa a la Gran Revolución social; tierra que ha dado hombres de valía a la entidad jarocha, como don Fernando de Jesús Corona, jurisconsulto y liberal distinguido, honra del foro veracruzano; Honorato Domínguez, soldado en la invasión norteamericana, la Reforma y la intervención francesa, patriota que no doblegó la cerviz ante el Habsburgo y olvidado de la posteridad; a ambos he de referirme en este estudio.
Tierra bravía y laboriosa a la vez, donde la artesanía manejada por mano maestra, así como el agro, permiten a sus hijos contribuir al progreso de México.
El caserío del pueblo se descubre a distancia como salpicando de colorido el verde de varias tonalidades que cubre al cerro, destacándose la iglesia parroquial de sólidas torres con campanas alegres y sonoras que al llamar a los fieles parece que se van correteando, y las viejas araucarias que el tiempo ha desaliñado; conjunto armonioso el de todo el cerro, envuelto a veces en tenue neblina que lentamente se esfuma o se va precipitando en chipi-chipi, y otras brillantes y de vivos matices por la luminosidad de la atmósfera, tras el copioso aguacero que a su paso dejara frescura y perfume.
Ya cerca apreciamos sus calles; tortuosas unas, amplias y rectas las menos, que descienden en pendientes empedradas de pintoresco aspecto y a veces de difícil tránsito; casas de amplios aleros, de mampostería, de pretil o de madera, de tejado rojo gris que contrasta con el verde dominante, y los callejones, de barriales rojos también, con cercas prolongadas de verdor, donde el floripondio, el jazmincillo, la hoja de San Nicolás, la zarzamora y la pluma de San Miguel florecen abundantes y circundan los solares en los que el cafeto, el jinicuil, la lima, la sidra y tantos otros frutos se prodigan y donde la camelia, la magnolia, la orquídea parásita de mil variedades o el tulipán, crecen en forma silvestre como en los patios de las viejas casonas coscomatepecanas, cuyos trazos coloniales de la sierra veracruzana rápidamente se van perdiendo con el tiempo.
Circundan al pueblo la planicie esmeralda cubierta de plantíos de café, de maizales, potreros y vaquerías y varios riachuelos, Tlacoapa, Ocapa, Tamazolapa, Tecujapa y otros más, veneros del volcán que corren en sus barranquillas entre helechos, malque y mafafa, confundiendo su murmullo con el de la fronda y el alegre gorjeo del clarín, el zenzontle y la primavera. Más adelante, en la lejanía anfractuosa, teniendo como fondo la serranía verde azul, se perfilan como pinceladas de acuarela las viejas iglesitas de los barrios distantes y de los poblados vecinos, y al noreste se destaca el filo de la enorme cortadura del terreno, la barranca profunda plena de recuerdos hazañosos, en cuyo fondo corre bullicioso el Jamapa; allí se hunde la carretera…
Así es mi tierra, pequeño trocito inmenso de México. Llamada justamente por el distinguido poeta y compositor coscomatepecano, don Luis G. Jordá, “LA TACITA DE PLATA VERACRUZANA”.

